[Alrededor de una bombilla]
Me llama. Me ha llamado antes tres veces, pero mi móvil, al parecer, ha decidido una vez más no sonar, aunque me aparecen sus llamadas perdidas. Y yo había decidido no devolver la llamada, que sinceramente estoy cansada y no tengo ganas de hablar con nadie.
Pero claro, me vuelve a llamar, esta vez a casa y lo he cogido yo. Con mi voz de ultratumba debida al último virus del ambiente que mi cuerpo ha decidido captar. La suya es una voz triste, tremendamente triste, aunque si no te fijas mucho apenas distinguirías el tono de su lento habitual.
No me pregunta, directamente me cuenta. Y yo no le cuento, sólo la escucho.
Más de veinte minutos lentos y agónicos, vomitando penas que le duelen en el alma. Contándomelas a mi porque no hay nadie más para escucharlas. Porque nadie queda y, porque los que quedan, pasan.
Me da pena, muchísima pena. Y si hay algo que me jode es sentir pena. No impotencia, o tristeza, o rabia. No. Sólo pena. Decir Pobrecita, a secas. Pero es que no se qué más decir. Esto es lo que hay. Supongo que la quiero. De una forma extraña, pero la quiero. Y no me gusta que me de pena. Pero es así.
Al final acabo diciéndole eso, pobrecita. Y que siga luchando y apostando por aquello que cree que merece la pena. Que ella puede hacerlo. Es todo lo que puedo decir sin faltar a mis principios. Es lo que realmente pienso. Luego sigo escuchándola. Lenta, terriblemente lenta y algo desquiciante, pero la quiero y ahora me necesita. Y estoy.
Luego deja de darme pena y de repente la admiro. Admiro su capacidad de seguir adelante pese a todo y a todos. De creer en sí misma cuando los demás no sólo no lo hacen, sino ni siquiera la apoyan. Ni siquiera su familia. De crear su realidad, siempre, para que merezca la pena la vida, de intentar adaptarse cuando el cambio es imposible. De inventar su manera de brillar aunque ya esté fundida su bombilla y sea casi imposible cambiarla.
Luego acaba diciendome un par de "incertidumbres"(quiero pensar que ella las cree lo suficiente como para no llamarlas "mentiras"); y luego se queja, lloriqueando -que no llorando- otro rato, y luego me cuenta tan pancha que se va con un montón de amigos de juerga, como si nada.
Y tanto ella como yo sabemos que eso no acaba de ser cierto del todo y, tanto ella como yo, lo dejamos estar. Antes de colgar me da las gracias y me pregunta que tal. Pero no me deja contestar. Mañana me paso a verte, dice. No, gracias, no me apetece ver a nadie. Ya hablamos otro día.
La quiero-de esa forma extraña-, sí. Pero conozco mis límites.
¿Soy una mala persona por conocerlos? ¿Por tenerlos? ¿O sólo humana?
Pero claro, me vuelve a llamar, esta vez a casa y lo he cogido yo. Con mi voz de ultratumba debida al último virus del ambiente que mi cuerpo ha decidido captar. La suya es una voz triste, tremendamente triste, aunque si no te fijas mucho apenas distinguirías el tono de su lento habitual.
No me pregunta, directamente me cuenta. Y yo no le cuento, sólo la escucho.
Más de veinte minutos lentos y agónicos, vomitando penas que le duelen en el alma. Contándomelas a mi porque no hay nadie más para escucharlas. Porque nadie queda y, porque los que quedan, pasan.
Me da pena, muchísima pena. Y si hay algo que me jode es sentir pena. No impotencia, o tristeza, o rabia. No. Sólo pena. Decir Pobrecita, a secas. Pero es que no se qué más decir. Esto es lo que hay. Supongo que la quiero. De una forma extraña, pero la quiero. Y no me gusta que me de pena. Pero es así.
Al final acabo diciéndole eso, pobrecita. Y que siga luchando y apostando por aquello que cree que merece la pena. Que ella puede hacerlo. Es todo lo que puedo decir sin faltar a mis principios. Es lo que realmente pienso. Luego sigo escuchándola. Lenta, terriblemente lenta y algo desquiciante, pero la quiero y ahora me necesita. Y estoy.
Luego deja de darme pena y de repente la admiro. Admiro su capacidad de seguir adelante pese a todo y a todos. De creer en sí misma cuando los demás no sólo no lo hacen, sino ni siquiera la apoyan. Ni siquiera su familia. De crear su realidad, siempre, para que merezca la pena la vida, de intentar adaptarse cuando el cambio es imposible. De inventar su manera de brillar aunque ya esté fundida su bombilla y sea casi imposible cambiarla.
Luego acaba diciendome un par de "incertidumbres"(quiero pensar que ella las cree lo suficiente como para no llamarlas "mentiras"); y luego se queja, lloriqueando -que no llorando- otro rato, y luego me cuenta tan pancha que se va con un montón de amigos de juerga, como si nada.
Y tanto ella como yo sabemos que eso no acaba de ser cierto del todo y, tanto ella como yo, lo dejamos estar. Antes de colgar me da las gracias y me pregunta que tal. Pero no me deja contestar. Mañana me paso a verte, dice. No, gracias, no me apetece ver a nadie. Ya hablamos otro día.
La quiero-de esa forma extraña-, sí. Pero conozco mis límites.
¿Soy una mala persona por conocerlos? ¿Por tenerlos? ¿O sólo humana?


1 Comments
Porqué insistir ?
Ella sabía que tu la ibas a escuchar... y eso es lo que ella necesitaba.
El hecho de repartir nuestras penas nos produce gran alivio... y al terminar de relatarlas ... contabilizamos la mitad.
Tenemos amigos del café, amigos de copas ... y amigos de penas !
Estoy segura que gracias a tu apego su filamento brilla un ratito màs.
Clavel
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Anónimo, at 18/3/07 18:15
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